domingo, 28 de diciembre de 2008

Hilar fino…
no es más que perseguir. Ir tras la huella del siervo dorado. Pero ir con delicado paso. Tejiendo todos los caminos. Deteniéndose en cada puntada, como quien coloca su pie derecho sobre la luna; como quien da pasos que cubren la tela, el acertijo. Luz y sombra.

Esta muestra de tapices de Mayra Alpízar es la síntesis de muchas historias, vivencias que aunque íntimas se repiten en la vida de los otros. Aquí la dualidad enlaza espacios. Por ello cada tapiz pudiera ser él mismo y a la vez su contrario. La protección y el desamparo. La contradicción humana y la impronta de la naturaleza.

Mayra Alpízar sabe muy bien que en vidas anteriores tejió gobelinos en Arráz o en Bruselas. Lo sabe y no lo olvida. Requisito indispensable en esta paciente labor de colocar la aguja en el sitio justo, con paciencia del orfebre renacentista que sabe habrá de salir de sus manos la obra que dará testimonio exacto de todas las virtudes y dolores de la creación.

La creadora viaja hacia la esencia de lo único. Cada unicornio que muestra son los principios inviolables de la creación, los pilares sobre los que se erigen las observaciones hondas y detalladas. Pero ante todo son un viaje. Legitimo viaje hacia otras culturas, hacia sí misma y hacia los bosques, mesetas alboradas y laberintos de cada quien.

Aquí vemos los trozos de tela que los amigos de Mayra cargaron en sus maletas desde diferentes lugares del mundo para que luego ella los transformara en tapices que si con algo pueden ser comparados, será con la palabra que susurra, con el canto que penetra y asiste.
Estos tapices tienen el mismo valor que si constituyeran un diario de vivencias. Están plasmados en ellos instantes de delicada privacidad y minutos de aguda vida pública. Dos son los espacios mostrados: el alma y el afuera.
Dicotomía de todos en el tránsito de la creación y la vida. Dicotomía que Mayra Alpízar teje y entrelaza con maestría y suavidad.


Laura Ruiz
Palabras para la exposición Hilando fino, Galería de Arte de Colón
Abril de 2002





Obra. ¨Tapiz de la creación¨.2001. Aplicaciones, bordado y linoleografía sobre tela. 250 x 210 cm.



Obra. ¨Interior con naugragio¨. 2000. Aplicaciones y boedado. 191 x 103 cm.



Obra. ¨La primera piedra¨. 2002. Aplicaciones y bordado. 117 x 110 cm.




Obra. ¨La noche¨. 2002. Aplicaciones y bordado. 181 x 111 cm.




Obra. ¨La cobija¨. 2004. Aplicaciones y bordado. 151 x 80 cm.





Obra. ¨La virgen del arbol seco¨. 2004. Aplicaciones, bordado y calado. 139 x 88 cm.



Y estas las tijeras para cortar los paños.
Los tapices de Mayra Alpízar.

Y estas las tijeras para cortar los paños, Para cortar los hipogrifos y las flores Para cortar las máscaras y todas las / tramas y, en fin,
para cortar la vida misma del hombre, que es un hilo.

Eliseo Diego




I
Una de las más antiguas tradiciones de esta ciudad llamada mundo es el trabajo manual. Dentro de este la bordadura en tela o con hilo ha sido uno de los oficios más habituales. Las labores labradas se encuentran en la vida diaria adornando o aplicadas a diferentes usos; y aunque su ejecución no es un privilegio, hay quienes lo hacen mejor que otros, y esos son virtuosos. Existe una referencialidad inevitable a la mujer y un obligado paradigma con el mito de Penélope.

En esta ocasión se presentan los tapices de una artista cubana que no se sienta a esperar a nada ni a nadie. Mayra Alpízar Linares (1956) toca la realidad con sus manos y la convierte en un paño inmenso. Ha participado en más de 30 exposiciones colectivas y personales y muchos de sus trabajos se encuentran en colecciones privadas en los Estados Unidos, República Dominicana, Canadá, Suecia, Méjico y Cuba.



Obra. ¨Puerta del Edén¨. 1998. Aplicaciones, bordado, enguatado y xilografía. 211 x 92 cm.

II

La artista trabaja fundamentalmente con las técnicas del parche y del bordado, y aunque es evidente que la morfología de su creación tiene como base la utilización de fórmulas tradicionales de lo artesanal, el resultado es contrario al punto de partida. Esto ocurre porque la técnica se implementa reformulando la base de su propia estructuración formal. La creadora se coloca a mayor altura, experimenta con la utilización del color, de planos, de texturas, volúmenes y la búsqueda de valencias de sentido que relanzan valores en el terreno de lo pictórico.

La problemática en la delimitación entre lo artesanal y lo plástico queda resuelta en estos trabajos. Las leyes internas de ambos universos semióticos no se someten ni se subordinan, sino que se imbrican: cuentan con un “espacio propio” y un “espacio ajeno”. Por eso, los tapices de Mayra son distintos. Ella es la sinécdoque de sus obras.

III
En la mayoría de sus trabajos el universo femenino se centraliza temáticamente. La mujer se convierte en el leit motiv de su figuración. La relación mujer- mundo se recrea desde la subjetividad de la artista. Sin embargo, hay obras en que ha prescindido de la figura humana, como en La silla (1987) y Quiéreme mucho (1991). En la primera, lo representado no trasciende lo denotativo, y lo que se marca no se limita al cerco habitual al que debe pertenecer. Se sitúa al objeto –la silla– fuera de la rutina finita; idea sustentada en un plano horizontal que se levanta al fondo. El carácter decorativo va más allá de lo tangible. En la segunda, las significaciones se acercan al nivel de lo abstracto. Los contenidos son desvaídos: el amor se deshace, se vierte, corre desenfrenado. La mirada es irónica, se manifiesta en el aporte sígnico que encierra el título y lo que sugiere lo representado; que termina contrayéndose convulsivamente en la onomatopeya de la risa.




Estos primeros trabajos se quedan significando desde un nivel primario. Comparémoslos con obras posteriores donde la realidad aprehendida es compelida en el orden sígnico y formal.

En A la sombra de un ala (1994) y Árbol de la vida (1995), los valores conceptuales se sustentan en la contraposición de sombras y luces. En ambos se presenta la forma exterior de un cuerpo de mujer, que con el uso del color negro se proyecta con la imagen oscura: pero las figuras de estas mujeres no son espectros, no son presencia vaga, sino que se erigen redentoras del cosmos. El contorno de sus cuerpos se hace visible a través de una línea de puntadas blancas. Sus cuerpos hieren con luz los objetos y las cosas, conforman la pareja, la familia; iluminan la realidad, la nombran, la designan.

No solo en éstas -con el apoyo en el color- se va revelando el mundo interior femenino; en Sobrecama rosa (1996), la artista lleva más lejos el juego de las permutaciones, muestra un cubre-cama, pero troca las esencias al exponerlas como tapiz; congela su valor de uso, su empleo habitual para rescatar las vivencias de lo que sobre ella ocurre en el plano de lo privado. Destapa los sentidos, obsérvese el cuerpo de la joven al descubierto. La desnudez es corpórea y espiritual: expone la ausencia de lo masculino. La no presencia del hombre se virtualiza en ese cuerpo rígido, vaciado de color que al contonearse con una línea de puntos negra refiere la soledad y el vacío. Lo soñado por la muchacha se va derramando por el vuelo o parte saliente de la cama. Los contrastes de color logran texturas que descubren muy bien lo contenido. O también, lo usa para delimitar planos, como en El parche azul, la luna y las estrellas (1997), donde en uno se sitúa a la fémina frente e al idea del casamiento, y sobre el otro –el parche azul- se dispone a la figura masculina desde una presencia que se invalida al presentar el rostro y sus manos con un vaciado en negro. La opacidad de lo masculino anula las fantasías contentivas en el otro plano.El título ayuda a completar lo que se quiere representar aunque no es semánticamente tan significativo como Un parche para el maestro (1996) donde el nombrar es un pretexto para revelar contenidos extrapictóricos, pues al enunciar desde una subordinación de finalidad, al presentar el sustantivo común, se hace opaca la dedicatoria. La creadora realiza el designio encubierto y personal.
La naturaleza visual de estos trabajos va revelando altos valores plásticos, y algunos se convierten en tapices multidimencionalmente simbólicos, como Maternidad (1999). Aquí la mujer se pone frente a la problemática de la fecundidad, y se reflexiona sobre los procesos de mutabilidad en los que tiene que sumergirse. Su cuerpo no va hacia la deformación, sino hacia una formación ideal y hermosísima. Ella se suspende en una atmósfera transparente y diáfana. Su responsabilidad no se limita a propiciar el comienzo de una nueva vida, pues se sabe mantenedora de la especie humana. Todo lo que le rodea en el tiempo de gestación queda atrás o por debajo de esta experiencia; llena de encantos corre riesgos sobre la cuerda floja, por esa línea mínima que separa a la vida de la muerte. La mujer con la maternidad reserva sentidos invariables en la memoria de la cultura.


Obra. ¨Capricho con mosaico de lujo¨. 1999. Aplicaciones y bordado. 150 x 90 cm.



Contigo junto a los pájaros, Puerta del Edén y Capricho con mosaico de lujo (1999) son tapices artísticamente significativos en la creación de Mayra Alpízar Linares. Los espacios semánticos y culturales han alcanzado complejidad en la representación de un micro-mundo que sugiere desde una particularización y se enriquece al incorporar un sistema de referencias que proporciona otras significaciones; en Puerta del Edén trae a colación el mito bíblico para desacralizarlo; en Capricho con mosaico de lujo una obra de arte de valor universal que participa del discurso. La creadora inspirada en la figura de la poeta Carilda Oliver Labra, presenta los desafíos de una mujer que escapa de la mirada grotesca de la ciudad representada en uno de los caprichos de Goya. Súmesele una expresión formal que se ha consolidado en recursos plásticos con un alto nivel de elaboración; la imagen es resultado de esta eficaz correspondencia. Por primera vez en su obra aparecen elementos reales no como referencia metafórica sino el objeto significando desde sí mismo; en Contigo... y En capricho... sitúa una corbata y un traje respectivamente. Estos tres tapices que marcan pauta en la labor plástica de la artista y en la producción de tapices en Cuba, desaparecieron de una de las últimas exposiciones personales que realizara en Managua.

IV
Mayra se abre paso hilvanando la cotidianidad que nos corroe, rompiendo los mitos, redimensionando el espacio que tiene en la producción plástica de su país.
Este artículo es una invitación al conocimiento y al disfrute de una obra auténtica y personalísima.


Yamila Gordillo Rodríguez.
Revista de Arte y Literatura, Ateneo de los Teques, Venezuela.
Obra. ¨La dama de la ceiba¨. 1998. Aplicaciones y bordado. 120 x 90 cm.


De miel y humo en el tapiz desgarra.



De miel y humo en el tapiz desgarra El cuento de la niña, y en su tela De dudas, tal vez de ala morada Se derrumba y atrapa entre la seda.
“Bordado para Mayra”

María Esther Ortiz

Desde que Wang-Fo Yourcenar, adorable impostor, subió a la barca, dijo partamos y se alejó pintura adentro, en el mundo han permanecido las manchas confusas, las duras piedras y la nieve derretida.Pero contrariamente a todas las leyes, hay instantes en los que Wang-Fo Yourenar se acerca al límite de las obras de arte, alarga las manos y ofrece. Al espectador le ofrece un extraño y poco usual equilibrio entre la visualidad de la obra y su emanación poética, una insinuación apenas, que en el aso de los tapices de Mayra Alpízar (Matanzas, 1956), más que todo es reflexión e intimidad. Intimidada en el Árbol de la vida donde una mujer desnuda, en puntas de pie sobre un creyón de labios, hace equilibrio; detrás un fondo negro es recortado por el haz de vida que de su pelo nace y ondea. Haz de vida lleno de símbolos sostenidos por una humana balanza. A un lado la semilla: inicio, germen o final, interior después de haber perdido la corteza y la carnosidad del fruto; junto a la semilla un reloj de arena: hora de plantar y hora de recoger lo plantado y al otro extremo las figuras humanas cruzadas de Da Vinci, exactitud de las medidas, estética perfecta; muy cerca un antiguo cántaro. Esencias todas compensadas en el centro del haz de vida con el pájaro quieto y paciente de la noche y las alas de colores vivos de la mariposa, escape, fuga, levedad, símbolo de resurrección. Sin embargo, no es el resurgir lo que está más cerca de la mirada de la mujer desnuda y en equilibrio, sino un pez dorado. Es el pez la representación de la máxima y más antigua espiritualidad. Es el oro el primer metal descubierto por el hombre, el más buscado, provocador de toda alquimia, el “aurum” que procede de la “aurora”, de la alborada. Logra entonces, Mayra, un pez amaneciendo hacia donde mira la mujer desnuda. Amanecer de la sabia del Árbol de la vida, ser- árbol que se sostiene en obstinada soledad.

Soledad de la misma mujer desnuda que A la sombra de un ala adentra los dedos en su sexo, bordea, penetra, busca... Es la soledad ancestral, que no puede ser calmada por nada ni por nadie sino a través de este viaje interior. La mano no sujeta una flor en reposo ni es violencia externa. La mano va hacia adentro, en busca del alma que no vemos. Alma que estando oculta es presencia absoluta. Alma que nutre de la esperanza de un último rincón (lleno de la alegría de Henri Matisse, de todo su color que aquí se vuelve ironía), donde aparece la controvertida relación de tres: un padre, una madre, un hijo. Relación que está sobre la cabeza de la mujer desnuda como espada de Democles. Relación soñada, deseada o relación tradicional, conservadora, solo imagen externa..., y el nunca saber con el alma oculta, sustituida por la permanencia de un ala de tonos grises, frágil, pero capaz de sostener cualquier vuelo. Alma que en algún momento recuerda toda la suave “Melancolía” de Alberto Durero. Soledad. Extrañeza de dos aparentes planos en el tapiz, la zona gris y la negra inferior, la “alegría” de colores en la zona alta.
En otro tapiz, ofrece Mayra Alpízar una tercera opción: la Maternidad sobre la cuerda floja, con el pensamiento envuelto en nubes de colores que van del azul al gris y de ahí al blanco. El volumen es perfectamente logrado con las telas dispuestas en claro- oscuro para dar forma a la figura femenina. Habilidad del volumen sobre superficies tan planas. Otra vez la mujer desnuda, la maternidad latente, en peligroso equilibrio sobre las aguas de una ciudad con ventanas iluminadas y con ventanas oscuras, reflejadas por igual en el río del tapiz, en la corriente que nos lleva.
El vibrante monólogo alcanza su punto de máximo delirio en una instalación: La alfombra y el altar. Preludio de una agonía. El sexo femenino gigante, abierto, absolutamente acosado por cirios apagados, consumidos y por cirios que lucen un potente recién estreno de luz. Combinación de irrealidad y certeza: velas bordadas en el tapiz y velas de cera, ¿luces verdaderas y falsas? Velas que son precedidas –y que también sirve de apoyatura a estas- por una alfombra donde yace un corazón también gigante, pero no el simple corazón que dibujan los escolares en la página final de sus cuadernos, sino su imagen anatómica, la que aparece en los libros especializados. Un corazón sin vestiduras infantiles o ligeras. Vaso, copa, contentivo de todo, marcado por iniciales pasos que se adentran a lo largo del camino hacia el sexo hasta llegar a ser huella irremediable. Y nuevamente otra combinación de Mayra: modernidad/orígenes. Osadía y recogimiento doméstico, dado por el modo de coser la alfombra y el corazón, con tirillas, a la usanza de las abuelas. El rescate de lo tradicional en medio de un monólogo impresionantemente atrevido. Hilo sutil del pasado a presente.

II
¿Y a quién diré, ya ahora,
en este ahora tan deshabitado de ti
estas palabras tan solo a ti destinadas,
aunque ningún secreto revelen,
aunque de ningún enigma sean la cifra?
María Zambrano

Pero además de hablarse y hablar a solas, puede Mayra Alpízar contar historias. Dice que son historias comunes, lo escribe en una carta que acompaña al tapiz Tres meses de gracia sobre un cordel. En la carta blanca va una advertencia de Mayra -de su puño y letra-: “A ti, que me lees”... Atiende al sol cuando es radiante”. La historia, dice la artista, es una historia común, una historia de amor, y vuelve a los colores para contarnos de esos días, para decir que “... entre ellos hubo grises y negros que evidencian los contrastes y presagian el amanecer...”. Este tapiz es un inventario de encuentros y pérdidas. Cada noche y cada día al final son también equivalentes de la suma total de parches que la vida es. Deja Mayra por primera vez, establecido un período de tiempo más largo. Ya no son los instantes de equilibrio, fugaces y eternizados, sino un período completo, como si la historia fuese vista y vivida desde una casa grande con muchas ventanas, una “vista”, un “paisaje” por cada ventana. Cada rectángulo, cada período de tiempo establecido en este tapiz, es un espacio abierto hacia el interior, un canto a la visión que cita Mayra, tomando de la literatura, nuevamente, la persecución del ciervo dorado...

Y no es esta la única historia, la única persecución explícita en estos tapices. En El parche azul, la luna y las estrellas, la mujer de velo y definido rostro, novia atemporal, está de de pie sobre la luna e intenta tomarlo a él de la mano. Él no tiene rostro, sólo señales: pelo largo, bigotes, está en la cara oscura de la luna y la oscuridad le ha demudado el rostro. Él existe sobre un parche azul, el parche aquí como contenido de la obra. Él cubre un vacío, una rotura que la daña a ella, toda de blanco, lánguida y con una rosa en la mano. Al fondo de la mujer las estrellas brillan, detrás de él –ya se sabe- sólo hay oscuridad. Otra vez combinación: luz y sombra/ día y noche/ claridad y ambigüedad.
Otro tapiz, Composición en triángulo con paisaje de chirico, es un resumen de todas las historias que en el mundo son y han sido. Con la utilización de un fondo conocido, se apropia Mayra de la construcción y la atmósfera de Giorgio de Chirico.
Atrapa la metafísica de la dualidad implícita en el sentimiento de protección: yo a los otros..., los otros a mí...si no es así, yo muero..., parece decir la obra de Chirico, pero no está, se ha convertido en caja de Pandora de donde ha salido un hombre fuerte, muy alto que pone sus manos sobre los hombros frágiles y desnudos de una mujer que lo sostiene en brazos y amamanta; el hombre sigue en pie, inderrumbable, y a la vez está delante, abandonado al abrazo, con una esfera entre las manos. La esfera –ya se sabe- es la perfección. La verdadera sabiduría que según José Lezama Lima aparece “en la pelotilla del infante y en el globo ocular cansado del venerable de la tribu”. La “esfera aristotélica” que remata la maestría del discurso conceptual de este tapiz. Composición en triángulo con paisaje de Chirico es la imagen de la contradicción humana, el ser y no ser, el a ratos amar y a ratos dejarse amar. La protección y el desamparo. Lo constante y lo variable. La virilidad absoluta, la fuerza que protege. El desamparo que busca regazo y la presencia de la esfera. Perfección de lo contradictorio.

III

¿Pertenecerá a la vida, a todo ser
viviente, el decir, el estar diciendo
como se pueda?...
... ¿se sabría decir lo que sucede?

María Zambrano.


Nada nace aislado; todo pertenece a un conjunto. Cipango...Juana...Fernandina, Isabela y finalmente Cuba. Isla. La isla, como le llamamos de un lado u otro de la mar océano, como si estuviera única, como si el resto fueran grandes masas continentales o cualquier otra cosa. Y en la Isla, plenitud de símbolos. Cada frase, cada mirada cubana sobre el entorno, sobre la historia, sobre los hechos, está revestida por los símbolos. Simbología que establece códigos propios, a veces difíciles de descifrar para quien no sea por germen o por adopción hijo, brazo, camino, luz o sombra insular. Y de entre los símbolos, un árbol sagrado. La parte misteriosa y venerable de la Isla, expresada en el tapiz La dama de la ceiba, el entendimiento de lo cubano a partir de la revelación de lo imposible: una mujer joven, de mirada nostálgica, que pretende abrazar una ceiba. La mujer lleva el torso desnudo y una falda roja, los brazos intentan retener y las espinas del árbol están ahí... Otra vez la utilización del claro-oscuro para lograr el volumen del cuerpo femenino, otra vez conciencia de la condición de mujer, conciencia de la hondura de esa condición..., y los dedos enlazados en las raíces del árbol. El árbol es de pequeña estatura, es una ceiba hija, joven como la mano que la sostiene y protege. La mujer está sentada sobre un muro, detrás están el mar, la oscuridad y unos raros celajes: “dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. El árbol sinónimo de Isla, el árbol, representación del bosque, de la mezcla de hojas, flores, frutos y raíces de todo sentimiento, razón o emoción cubana. Árbol inviolable, sobre el cual nunca caen los rayos. Fuerza arrasadora: tronco recio y suave murmullo: de sus flores en algún momento antiguo se hacían almohadas. De sus flores podría venirle el reposo a la muchacha que ofrece el pecho desnudo a las espinas. Y Mayra Alpízar lo sabe.
En 1904, Pablo Ruiz Picasso regresa nuevamente a Paris, ese mismo año pinta a su acróbata/bailarina sobre un balón; ya es el Período Azul de su obra, ya está el maestro venerando todo un rango en ese color y unas atenuadas y sobrias formas humanas. La acróbata está en gracioso equilibrio, sonríe, y las otras figuras humanas le dan la espalda, se alejan, saben que es un juego, se despreocupan…Mayra, en Un parche para el maestro, se apropia de esta obra y aporta una aparentemente ligera variación de ángulo. Ahora en el tapiz la joven hace equilibrio sobre una palma real, nuevamente el árbol venerable, otra vez la Isla… Y ya el equilibrio no es tan gracioso, en este instante las espaldas vueltas, las que se alejan, son de un absoluto patetismo, ya no resalta el juego de la acróbata, sino la desolación en que la dejan sumida. Indiferencia hacia el paso de la joven que tanteando el borde del abismo conserva el rostro risueño de la de Picasso y puede que hasta silbe por lo bajo, pero la artista está consciente del peligro de su joven, por eso apresó la pintura del maestro para unir a lo ya establecido su parche de la incertidumbre. La palma está recién caída y le imprime al tapiz una fuerza que sobrecoge. Acostumbrados estamos a la verticalidad de este árbol, y ahora su peligrosa postura acostada asusta. ¿Y si la acróbata –tan joven- da un mal paso? ¿A dónde irá a caer? Con este tapiz, Mayra Alpízar nos hace testigo,, jueces, dioses y acróbatas de este tiempo insular, y hábilmente cubre más de ochenta años de historia con un “simple” parche; una sociedad superpuesta sobre otra.


IV

¿Será el cuerpo glorioso, él mismo una palabra,
la palabra perdida que al fin se enciende?

María Zambrano.


Una mujer con los ojos vendados se aparece en Contigo junto a los pájaros, y la venda en sí misma es una contradicción. No es tarea fácil saber qué hay detrás de unos ojos vendados. La ausencia de miradas está llena de significados. Pugnan por aparecer los ojos que están ocultos. ¿Es que la mujer no ve más allá? ¿No quiere ver? Acaso perdió la mirada en sabe dios qué regiones del mundo, en qué caminos del alma. Acaso prefiera la mirada oculta para que no asome a sus ojos cada latido, cada intensidad o desgano interno. Pero quizás no sea más que una especulación, posiblemente los hechos estén sucediendo como los percibimos epidérmicamente, tal vez la venda sea la confianza porque solo en la certeza se cierra los ojos al abrazar, es un acto instintivo.La mujer está desnuda y descalza, en ofrenda, en entrega, parada en lo alto de un árbol florecido, y abraza un traje de hombre, prenda de vestir no bordada, sino real. La presencia masculina es lo más real, lo verdaderamente palpable. Son impresionantes los diferentes significados que esta pieza de vestir provoca. El traje es recuerdo, memoria de quien ya se fue, o es el traje ideal, esperando por un utópico dueño. Y es también el traje de una persona específica, existente. Mayra Alpízar ha entrado en el juego. Sabe que estamos acostumbrados en su obra a un sujeto mujer en un primer plano emocional, que sueña, racionaliza, desea, o simplemente se deja estar y ahora invierte los términos; aquí el sujeto es el hombre, y la dama es, increíblemente, la más hermosa de las ensoñaciones.
El Adán y Eva de Alberto Durero fue la superación de una larga etapa muy vinculada a la idea del pecado original; a partir del maestro de Nuremberg comienza a aparecer otros cánones en lo que a exaltación del desnudo humano se refiere, sucede una apología de lo hermoso, una indiferencia a los prejuicios. Esto es retomado por Mayra en Puerta del Edén, una creación de total universalidad donde ocurre un concilio de parche, bordado y xilografía. El árbol es de Durero y la serpiente también; pero esta vez la manzana no queda sostenida en la mordida del reptil, sino en una mano de mujer protegida por un hombre que delicadamente la abraza. Ocurre una trasformación del mito. No hay acto prohibido ni desobediencia, sino la magia asociada a la paz de los cuerpos, la fascinación y la protección mutua. No hay pecado original, y sí belleza de los cuerpos unidos. El torso de la mujer está al desnudo, y de la parte inferior del tapiz van subiendo flores: la naturaleza que asciende, levita y hechiza al mundo. En la parte superior de la obra, en el dintel de la Puerta del Edén, el grabado sobre tela expresa la metamorfosis de la manzana como hecho cultural: la manzana pende del vuelo de una mariposa: es la resurrección de los orígenes, pero con una emanación nueva: la manzana ronda las nubes, la manzana encerrada en una jaula …, es decir, la manzana unida a todas las interpretaciones y destinos que ha tenido a lo largo de la historia de la humanidad.El cambio es aparentemente ligero; la manzana ha ocupado otro sitio, solo eso, y no obstante, el Jardín nunca más volverá a ser el mismo. La artista ha introducido en la selva agresora el delicado árbol del diálogo entre los sexo, la paz de la armonía en toda la desnudez del mundo.



Obra. ¨Contigo junto a los pajaros¨. 1998. Aplicaciones y bordado. 206 x 90, 5 cm.


Un hombre que se marcha ha dejado una huella que podría parecer insignificante: una corbata roja abandonada en la partida. En Caprichos con mosaicos de lujo, la corbata prende de los dedos de una mujer que tira de ella en desesperado intento por sujetar al que escapa. Otra vez la mujer desnuda, otra vez limpia y clara. Nuevamente la habilidad de la utilización del claro oscuro en las proporciones femeninas. Otra novia atemporal, y detrás de ella un mosaico de lujo, en delicado encaje negro, una apropiación de los Caprichos de Francisco de Goya. Es esta la imagen de la valentía y el atrevimiento. Una mujer desnuda y sola ignora todo rumor. Desnuda y diáfana cuando más cerca está la farsa.La estampa elegida de los Caprichos de Goya es la llamada Ya es hora: ha amanecido y huirán entonces la brujas, visiones y fantasmas, pero esto es una trampa, porque en la zona inferior del tapiz todavía es de noche, las casas tienen aún sobre sí el cielo oscuro entonces el Ya es hora encierra otro significado. Es el grito de combate de los bajos instintos, la fealdad y el rumor. La mujer tiene por única compañía a un gato que la observa. Parte de su fuerza viene del animal que es sagrado desde la cultura egipcia. La mujer sabe que tiene cerca, protegiéndola, siglos de entendimiento con la naturaleza, y legendariamente siete vidas más que le sirven de apoyo en medio del absurdo, y si esto aún fuera poco, en otro plano frente al gato aparece las torres de una catedral. Sabiduría, naturaleza y Dios que cuida a la mujer sola pero si aún no bastara todas esas armas-refugios, la mujer está en una ciudad que es la suya, las puertas que aparecen en el borde inferior del tapiz son las casas de una calle conocida, y eso exorciza cualquier demonio acechante. A la mujer puede reconocérsela, pero no se nombra.
Es una combinación asombrosa la que vibra en este tapiz: los rumores caprichos de Goya subavertores de la tranquilidad, la sacralizad hierática del gato, la corbata roja en fuga, tan real y palpable como el traje de hombre en Contigo junto a los pájaros, las puertas antiguas, recias fortalezas, las torres de la iglesia elevadas al cielo y la limpia desnudez de una mujer que sabe que siempre hay que elegir si mirar a los “Caprichos” o voltear la espalda, y que no ignora que elegir es siempre un acto mudo y solitario.

En Contigo junto a los pájaros, Puerta del Edén y Caprichos con mosaicos de lujo hay dos tiempos permanentes: el tiempo de la creación (que también implica el tiempo de la observación ) y el tiempo del desvanecimiento. Las figuras humanas, de un modo u otro, corren el riesgo de desaparecer de las más disímiles maneras. En Contigo junto a los pájaros la mujer desnuda, en lo más alto del árbol, va a emprender el vuelo hacia el infinito con el traje ideal entre los brazos, escapa de toda mirada. En Puerta del Edén, los amantes abrazados se unen a la naturaleza, son naturaleza misma confundidas las líneas de la desnudez con las flores y ramas del jardín. En Capricho con mosaicos de lujo la mujer desnuda está, momentáneamente, detenida. Ha descendido de otra dimensión mayor pero ya su pie derecho comienza a levantarse, se dispone a otro vuelo. Mujer en tránsito. Jardín que se acerca y que se aleja, aparece y desaparece. El desvanecimiento es lo que guía el diálogo entre estas tres obras, lo que despierta la liberación de las sensaciones y es, definitivamente, lo que marca el destino final de estos tapices desaparecidos, perdidos, extraviados en una reciente exposición.

Si te llevas mi alma es el título de la instalación en la que, después de la fuga, Mayra Alpízar agrupó estos tapices. Los moldes a la vista, los dibujos iniciales que luego cobraron aliento al ser cubiertos por las telas, hilos y magia. El llanto por el desvanecimiento bajo el signo de una canción tan cubana como la ceiba de la dama joven, como la palma real de la equilibrista. El alma de las mujeres desnudas, el encantamiento del Jardín viviendo el paso de lo visible a lo invisible. Las líneas iniciales, las vértebras sin vestiduras. Otra vuelta a los orígenes. Otra vez el comienzo de todo: Wang-Fo Yourcenar que se ha marchado, y en la huída, se llevo con él, lamentablemente, estos tapices perdidos. Otro viaje hacia la noche.

Laura Ruiz Montes.
Revista Arte Cubano
Obra. ¨Tan azul como tu cielo¨. 1999. Aplicaciones, bordado, xilografía y foto impresión sobre tela. 160 x 101 cm.


Asi es la edad

“Así es la edad, así el espacio justo
que ama el nocturno corazón del hombre, fabuloso el aroma para el gusto, despojada la tierra para el nombre.”

Eliseo Diego.
Por los extraños pueblos.
I

Verdadero, legítimo es el padre que puede ser buscado y mejor aún, hallado, atravesando todos los laberintos. Absolutamente real es el padre cuya totalidad puede ser intuida, descubierta, a partir de los fragmentos de imágenes que de su vida pueden percibirse. Tarea noble y ardua es ir en pos del padre. Nunca se sabe bien qué habrá de encontrarse y al estar tan implicados nada nos será ajeno. El tránsito de la búsqueda, el camino del (re) conocimiento se convertirá en viaje y sendero hacia nosotros mismos. De ahí que no todos estemos preparados para enrolarnos en la definitiva expedición que es buscar a nuestros padres, sea cual sea el camino, hallemos lo que hallemos al final de la travesía.
"Tan azul como tu cielo" es el nombre de un tapiz de la artista Mayra Alpízar (Matanzas 1956) que es, ante todo, un retrato; el mejor de ellos. Tradicionalmente sólo aparece un rostro sonriente o de extraña seriedad, alegre o triste pero sólo el rostro del momento del flash o de las sesiones de trabajo del pincel. En este tapiz es diferente y lo que hace efectiva la diferencia es el muestreo de imágenes que rodean la figura masculina, inmensa, que está en el centro. Estos elementos que circundan se erigen en recuerdos dados hábilmente a través de diferentes técnicas. Aparecen agrupados, conforman un excelente marco que acordona la imagen central . Son la constatación de que el hombre existe porque ya se sabe que existir es ser y actuar en el universo.Mayra Alpízar abre un paréntesis con esta obra. Antes había dibujado y bordado el peligro latente, sutil y hondo de la femineidad y de las aguas de una ciudad. Se había valido “de un folklore mucho más contemporáneo-como el de las técnicas de arpilleras- u otro mucho más antiguo-como el de ciertos códices precolombinos- ejemplos de cómo lo tradicional puede ser a la vez una manera de cronicar el presente” (1)
El hombre que ocupa el centro del tapiz es el padre de Mayra pero eso no es lo más importante. Lo esencial es que es un PADRE. Un padre que se vislumbra como centro y fuerza mayor de una obra de arte, en un momento, en unos años, en un mundo en que la figura paterna ha perdido buena parte de la sacralidad que durante siglos le ha acompañado y definido. El camino comenzó en la antigüedad; el hombre, cabeza de la gens, luego fue el padre guerrero que dirigía batallas y representaba el hogar medieval creando normas y aconsejando a los más jóvenes. En el inicio de todo, el padre mayor: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de nuestra peregrinación” ( primera epístola universal de San Pedro Apóstol 1-17) y finalmente el apelativo hermosísimo, devenido en jerga cubana: el Puro, vocablo que logra aunar todas las definiciones anteriores, demostrando una vez más la certeza de la voz popular... y de eso se trata, de lo Puro como centro irradiante de esta obra.

II

La balada del álamo carolina, es un conocido libro de historias de Haroldo Conti. Allí aparece un cuento llamado “Perfumada noche” que su autor dedicó a su tía Haydée, para que nunca se muera. Esa dedicatoria y el inicio del cuento fueron las segundas referencias que acudieron a mi mente la primera vez que vi este tapiz (entre las primeras estábamos mi madre y yo). El cuento en cuestión comienza:
“La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezasque cabe en unas cuantas líneas [o en unas cuantas puntadas]. Pero a veces, así como hay años de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vidade ese hombre es una luz deslumbrante”.

Mayra en este tapiz descubre y muestra los puñaditos de tristezas y los minutos de la vida de un hombre y lo deslumbrante es que la artista halla podido retener ese instante fugaz e irrepetible en el que lo social se convierte en privado, el momento en que lo público pasa a ser íntimo.
Todos podemos tener guardadas fotografías de la familia, los matrimonios, los hijos...todos tuvimos (o tenemos) un radio VEF y el dolor de un “doble nueve” clavado en las costillas. Esto es el hecho público, el privado comienza al situar en el centro del tapiz a su padre. No es entonces el espíritu de la creadora lo que emana sino es el espíritu del padre el que escapa de la obra. ¿Será que algunos hijos pueden expresar mejor el alma de sus padres que estos mismos? Es probable, de la misma manera que algunos hijos pueden expresar el espíritu de la patria, de la nación, mejor que cualquier página escrita, mejor que cualquier reseña y mejor que cualquier contienda.
Es hondo el trascender insular cubano de este tapiz que obliga a la observación silenciosa y al reconocimiento que impone el mirar para después derivar en el mirarse. Uno “mira”, percibe el mundo de esencias de un padre y queda inexorablemente remitido a su propio mundo de esencias. El mayor poder que logra esta obra radica en las respuestas por sustitución. Vamos componiendo un tapiz propio: al centro la imagen de mi/nuestro padre o de mi/nuestra madre primeramente. Luego se sucede todo el inventario de las fotos de la boda de nuestros padres y de los cumpleaños... pero en algún momento ocurre un deslizamiento y sin saber cómo somos nosotros mismos –los hijos- los que de repente estamos en el centro del tapiz y son nuestras las fotografías de cumpleaños y bodas que nos rodean. Nuestra es entonces la palma real que se levanta en el extremo inferior izquierdo, sembrada en la tierra (carmelita o colorada, al decir del cubano) que sirve de telón de fondo y apoya toda la obra. Ha ocurrido un simple fenómeno de sustitución y resulta increíble como siguen resultando válidas todas las imágenes -parches dentro del tapiz- que enmarcan y rodean la figura.
La palma real está sobre un fondo azul, también lo están las flores blancas y las nubes claras en un cielo despejado, tranquilo. Ocupan estos tres elementos posiciones determinantes dentro de la obra. La palma real, atributo cubano, raíz en tierra, es la fuerza que ayuda a atemperar el ánimo. Representación de la nación donde el padre nació y vive. La palma real constituye memoria de memorias porque como dijo Cicerón “sólo la patria abarca todos los amores”. La palma real es el símbolo que lo agrupa todo. Las flores blancas y el cielo claro son la ausencia de dudas, la conciencia límpida, memoria del alma que sabe que siempre podrá regresar a las transparencias de este azul, a la claridad de ese blanco. Tres elementos en los que el color azul está muy presente. Frío para expresar la calidez y la protección. Fiesta del azul y el blanco que van alternando con las fotografías en blanco y negro impresas sobre tela y con las xilografías que también bordean. Son fotografías familiares en el sentido más amplio del término porque en ellas aparece la familia consanguínea, la que carga a sus hijos en los cumpleaños y la familia elegida, esa otra que queda iniciada en toda boda, unión y concilio. Las fotografías muestran los cambios que van ocurriendo en la vida de un hombre y terminan convirtiéndose en una transformación del hombre mismo. Están impresas en blanco y negro para igualarlas. Hay fotos de la boda del padre (necesariamente sin ardientes colores) y hay fotos recientes, propias de la era del color pero Mayra las muestra todas en blanco y negro para dar la conocida ilusión de memoria, retrospectiva de una vida, recurso de otro arte: el cine. Puente de una manifestación artística a otra. Pero no son sólo los ángulos azules y blancos y las fotografías familiares lo que rodea al padre, también aparecen un cúmulo de símbolos que trasmiten una historia de vida: puñaditos de tristezas y minutos deslumbrantes.
En el plano superior aparece un radio VEF, equipo electrodoméstico que todo cubano conoce. Nos remitimos a las relaciones de la Isla con países otrora socialistas. Presencia de otras tierras en tierra propia. A través de este radio llega lo externo al hombre: noticias y música. Este aparato es un símbolo que contiene otros. Por su condición de trasmisor de ondas sonoras es signo de comunicación e información y es, también, por esa misma condición signo de tolerancia. Un radio no es una casetera, no es un walkman, no es una torre de C.D, en un radio no es posible elegir entre un número muy variado de cintas de música o de discos. Ante las emisoras de radio sólo queda la postura de aceptar, tolerancia que permitirá entender e integrar. Oído que permitirá escuchar e interpretar. Oído atentísimo porque al llegar al final de la música o la noticia no podrá repetirse lo escuchado.
Junto al radio hay una jaula donde está encerrado un pajarillo ¿y qué puede significar un pájaro enjaulado entre las verdades de una vida? Podríamos invertir los términos y concluir que si los pájaros aparecen volando son el número de opciones, de posibilidades, en cambio un pájaro enjaulado es una decisión. Es elegir algo y abandonar el resto de la bandada. Un pajarillo encerrado es siempre una decisión pero también puede significar lo que no se dijo, lo que no se hizo, las palabras no pronunciadas que quedaron atrapadas definitivamente, los abrazos que no se dieron, las miradas que se evitaron. Como el radio, el pajarillo es también un símbolo multiplicado. El pajarillo enjaulado al lado del radio ¿también saldría música de ese adentro? ¿O acaso el radio sea la música, las palabras y el pajarillo enjaulado sea el silencio?
Debajo del pajarillo una humeante taza crea la ilusión del café con leche de todas las mañanas del mundo, esa taza son todos sus amaneceres, las primeras palabras de cada día, el aliento antes de que el “doble nueve”, pieza difícil del juego de dominó lastime, golpee. El “doble nueve” aparece firme en su verticalidad. No está horizontal, no está caído ni reposa, es una amenaza latente. No voy a extenderme enumerando todos los nombres por los que los jugadores conocen esta ficha ( la más grande, la menos pesada-porque es la que mas huecos tiene-, la más negra...), sólo apuntaré que ninguno es halagador. El “doble nueve” es el otro elemento que se integra a la gama de los azules, pero este es sombrío, opaco, oscuro, lo que hace aparecer –por contraste- mayor claridad en el fondo azul de la palma, las flores y las nubes a las que ya me referí. Al mirar el “doble nueve” dan deseos de mezclar este azul umbroso con el azul claro para que vaya desapareciendo poco a poco lo tenebroso.
Con este tapiz, Mayra Alpízar intenta develar misterios mostrando intimidades. Enseña qué ha hecho este hombre [cualquier hombre, el hombre] con casi todo lo que tomó para sí, con la parte pública que se adentró en su vida. Sin embargo hay un misterio que subyace. Nada está escondido, todo queda a la luz pero permanecemos con la sensación de preguntar qué hay más allá, más en lo hondo? Y esto no es un hecho aislado. Toda la obra de Mayra Alpízar está llena de este misterio. “Es ésta una obra de la que es muy difícil ser detractor y de la que se precisa ser cómplice para apreciarla en su justa magnitud” (2)
Hay detalles que conmueven por su delicadeza. Hay momentos en que pareciera que nos asomamos a la habitación del viejo y vemos ahí encima de la mesilla su caja de cigarros, tranquila, mientras él escucha un juego de béisbol por la radio. Nos quedamos en la puerta sin adelantar un paso, detenidos en la mirada ingenua de este hombre gigante que está sentado en el centro, con las manos quietas sobre los techos del central azucarero donde trabajó muchos, cien, mil días y noches. La mirada está perdida, mira a la lejanía. El ingenio ahora mismo está en ruinas, ya no tiene esa torre erguida que se observa en el bordado pero el hombre del tapiz aún no sabe que este presente mío era su futuro cuando Mayra lo trabajaba. Él no sabe que de su central va quedando cada vez menos y que el tren de carga se aleja más, más y más...
Los pensamientos del viejo se mezclan con un tul negro, delicado, los pensamientos son vaporosos como la tela empleada y el modo en que el humo está dispuesto se parece al que tienen los pañuelos cuando el mago los va sacando de la varita. El pensamiento va escapando por entre el tul y los pies están apoyados sobre yute, suelo conocido, seguro y humilde. En el centro del tapiz, los colores varían entre el negro, el gris, el sepia, en cambio resalta poderosamente la camisa del padre, roja y naranja, sol y fuego. Mayra ha querido mostrárnosla muy alegre, será porque debajo está el pecho. Viejo guajiro amado con camisa dominguera que cubre y – con toda la cursilería que la frase encierra- protege con un estallido de colores el corazón para que (como Haydée la tía de Conti) nunca el padre se muera.
He dejado para el final tres detalles que llamaron poderosamente mi atención. Detalles que denotan la existencia de un pensamiento sólido tras el alma ancha. Y es que “nada hay en su trabajo de descuido, todo está en su sitio, allí donde mejor puede estar”(3). Y el cuidado, la mirada aguda, la observación profunda, el entendimiento sólo pueden reconocerse en los fragmentos más insignificantes, en la eternidad de los detalles. El primero de ellos es una medalla, una condecoración. Sabemos entonces que gran parte de una vida ha estado dedicada al trabajo. Y con este reconocimiento ocurre nuevamente un desplazamiento –para cerrar el ciclo- pero esta vez sucede a la inversa: de lo íntimo a lo público. El hombre entrega sus fuerzas, su alma, sus mañanas, su aliento y su desaliento al afuera, a un ámbito histórico real y palpable, se integra a la formación de una conciencia pública, colectiva. Los años de trabajo y la voluntad llegan hasta nosotros a través de un recurso mínimo. Una -en apariencia simple- medalla nos devuelve la historia, el transcurrir de un país, de una nación. La imagen plástica de la condecoración se convierte entonces en imagen histórica.
El segundo detalle es el dinero. Papel tradicionalmente recorrido por los conceptos más contradictorios. Intercambio, denotador de valores o antivalores. Tranquilidad o imitación de tranquilidad. Pero en este tapiz lo que aparece no es cualquier dinero sino un billete cubano, y es justamente el papel moneda de mayor circulación (1.00), donde aparece, inconfundible, la imagen de José Martí. Hay menos temores entonces, es un dinero ganado con esfuerzo. Habrá de decidir el padre qué hacer con él. Sucumbir, ser poseído o crecer. Misterio nuevamente, respuestas que sólo tiene el padre. Respuesta que todo padre debería tener.
El último detalle es el mechero, denotador de ausencia de luz. Y en medio de la oscuridad, un mechero puede significar pobreza pero es también claridad íntima. Podría tener muchos significados y también otros muchos segundos significados contrarios a este primero pero el realmente digno, merecedor de reverencias es el del padre de Mayra, él encontró su luz propia, la que nadie puede apagar. Humilde luz que él encendió para intentar ver y descifrar. Luz que sólo él podrá proteger del viento.

III
Todas las imágenes de las que he hablado, las que rodean al padre, son lo que él va guardando en el equipaje final para llevar consigo pero son también todo lo que tiene para ofrendar ante los altares mayores, son el saber íntimo, son todo lo que el hombre tiene para mostrar-se, son el afuera para aquel adentro. Lo que encontramos en este tapiz es el origen de una conversación, ese importante punto inicial que después devendrá en experiencia de diálogo. Un hombre está contando su vida a través de su hija, mostrando los retazos de su existencia y pudiéramos quedarnos en silencio si se tratase de algo ajeno pero no es así, estamos directamente implicados porque hemos estado también aquí y cuando digo aquí no me refiero sólo a la Isla. Hemos estado en este siglo, en el mismo planeta. Tenemos verdades nítidas o medio encerradas en jaulas, parecidas a las del hombre del tapiz. Tenemos palabras, desaliento, re-conocimientos para contar. Tenemos tapiz propio. Podemos contar al otro para que a su vez nos hable. Podemos hablarnos a nosotros mismos. Este tapiz es el preámbulo de la comunicación. Eso es la vida, un preámbulo. En esta obra está la historia real y la historia imaginada, la memoria y la metáfora. Es una conjunción del centro y de lo que rodea. Centro ocupado por el hombre donde lo que circunda adquiere el significado de todo lo que rodea a las islas-hombres. Este tapiz es la verdad de una historia. Son los años de larga y espesa oscuridad. Son nuestros propios minutos deslumbrantes.

Laura Ruiz Montes.
Publicado en La Gaceta de Cuba.
Notas.

(1) Ana G. Robaina y Juan Antonio Molina. En Palabras del Catálogo Expo personal. Galería L. C. Habana, 1992.

(2) Heriberto Hernández. En Palabras del Catálogo Expo personal. “En complicidad con Ariadna”. Galería “Massaguer”. Cárdenas. Matanzas, 1995.

(3) Pedro Pablo Oliva. En Palabras de inauguración para la Expo personal “Un rostro diferente”. Galería “Casa de Carmen Montilla”. C. Habana, 1998.


Obra. ¨Maternidad¨. 1996. Aplicaciones. 208 x 99,5 cm.


Pintar tapices

Recorriendo la calle de los Oficios, próximo a la Plaza de San Francisco, el visitante detiene sus pasos a la entrada de la casa de la pintora venezolana Carmen Montilla Tinoco. Una pareja de novios – ella rodeada de estrellas, él ausente- convida a cruzar la puerta e invadir el universo sensiblemente femenino del salón.

Mayra Alpízar (1956) graduada de la Escuela Nacional de Arte y Licenciada en Enseñanza Artística, desde su Matanzas natal ha venido a mostrarnos Un rostro diferente.

La distingue la refuncionalización que logra del tapiz tradicional, una vez que le confiere contenidos y emplea recursos propios del quehacer de la pintura. Podría afirmarse pues, que recurre a la técnica del bordado y el parche para “pintar” tapices. Tal oficio, representativo de la laboriosidad y delicadeza de las féminas, entronca su realización con esta otra manifestación, de la que resulta una simbiosis de las artes menores y las cultas.

La autoreferencia, lo palpable de su controvertido, fantástico y enigmático mundo interior y el despliegue, además, de sentimientos y preocupaciones, que constituyen problemas universales de la mujer, se vuelven propiedades de su creación; atributos asociados al sexo y al espíritu. Lunas, flores, frutas, pájaros y mariposas, así como los temas maternales, infantiles y de las relaciones humanas y de pareja hilvanan una idea general del “discurso femenino”. El tiempo se convierte muchas veces en protagonista, por medio de un reloj de arena (marcador implacable) o de ánforas u otros motivos que trasladan al espectador hacia eras pasadas. Mientras nuevos símbolos funcionan para expresar la naturaleza de las dualidades.

Obra. ¨As de corazón rojo¨. 1998. Aplicaciones y bordado. 100 x 70 cm.

Con cabal conocimiento de las tendencias artísticas contemporáneas, Mayra acude al lenguaje de las instalaciones para construir un altar a su sexo y crear un árbol de la vida abarrotado de cotidianidad y naturalismo. Elogia, además, a una de las autoridades del arte, recortando y disponiendo a la manera de un parche un cuadro, una figura azul de Picasso que da muestras de acrobacia sobre una palma caída. El asunto del equilibrista, elocuente en su creación vuelve a funcionar en el momento en que la mujer sobre un lápiz labial, como cuchillo afilado, enhebra desde el torbellino de su pelo un mundo onírico, repleto de signos; luego La Maternidad atraviesa el río San Juan sobre una cuerda real, llevando como cabellos una madeja de nubes blancas.

Ideas y soluciones plásticas se ofrecen sólidas en su concepción. Así la rama de un árbol no es sólo el elemento formal que funciona para colgar la tela – Contigo junto a los pájaros- sino que significa también conceptualmente lo mismo que cuando asume la presencia masculina a través de la presentación física de un saco de vestir.



Obra. ¨As de trebol¨. 1998. Aplicaciones y bordado. 100 x 70 cm.


Mayra Alpízar aporta una obra auténtica y singular que no permite encasillarse bajo el concepto de artesanía. Ella es precisamente la equilibrista que oblicuamente, desde las artes manuales, pudiera andar sobre la cuerda de los productos pictóricos más genuinos del arte cubano y latinoamericano actual, elevada por sus más encumbrados sueños y sin temor a la caída.

Odalys Martínez
Lic. Historia del Arte
Revista Opus Habana






A Mayra

Todo lo que sale de las manos de una mujer viene repleto de ternura.

Obra. ¨Arbol de la vida¨. 1995. Aplicaciones y bordado. 197 x 85 cm.

Decía Severiano un viejo de Matanzas que conocí hace 20 años y que amaba las arañas y los grillos.En nada equivocada sus palabras. Mayra Alpízar una niña temerosa que conocí alrededor de 1970, que lograba ruborizarse con una mirada y tocaba todo como los ojos de un conejo tierno.Le temía, eso sí al espacio en blanco y dudaba de su fuerza para alcanzar una hoja.
La perdí hace muchos años, los suficientes como para verla hoy con los ojos del asombro.
Nada hay en su trabajo de descuido todo está en su sitio allí donde mejor pueda estar.Tiene demasiado mundo interior, demasiadas ganas de hablar como para dejarse arrastrar por el encanto maravilloso de la policromía.Hay demasiada fuerza en su trabajo no ya para alcanzar una hoja sino como para apropiarse de la rama.
Hay un oficio en su trabajo que solo brinda la dedicación y el talento innato y que la naturaleza solo provee a quien tiene un corazón que ama.
No me gusta teorizar que hable su trabajo.

Palabras de inauguración del pintor Pedro Pablo oliva para la exposición personal Un Rostro diferente. Galería “Casa de Carmen Montilla”. Ciudad de La Habana, 1998.

Obra. ¨Altar¨. 1995. Instalación. Medidas variables.





Obra.¨Un parche para el maestro¨. 1996. Aplicaciones. 85,5 x 59 cm.


EVA SOBRE EL TAPIZ

Si Mayra Alpízar no se dedicara a los tapices hubiéramos tenido que convencerla para que lo hiciera pues en sus manos de laboreo constante crece la magia y el iris, el mismo iris componedor y descomponedor de los colores que es domeñado con la suspicacia y la perseverancia del talento. He ahí su misterio. Y el porqué del asunto, entiéndase bien… es que la Alpízar, más que componer tapices lo que hace es pintar sin los clásicos pinceles. Sus pinceles están en las agujas, en las inimaginables maneras del ensamble con hilos y parches; en la poesía misma.


Cualesquiera de sus obras, desde La silla, La sobrecama rosa, Composición en triángulo con paisajes de Chirico, o Un parche para el maestro, son verdaderas propuestas plásticas en las que la composición excede lo hasta ahora visto en la práctica del tapiz en ésta,la mayor de las Antillas. Insisto, Mayra, con sus ensambles textiles, pinta; lo que equivale a reconocer que las llamadas Artes Aplicadas son, en casos como estos, Arte Mayor. Y la Alpízar, sencillamente se propone – y logra- que el tapiz en Cuba sea distinto.
Por lo general, todo acto de la creación artística conlleva a ese desprendimiento inevitable que en lo personal y comunicante se codifica a través de lenguajes marcadamente vivenciales. Quiéralo o no el artista vuelca tanto de sí que él mismo no escapa del trasunto; pero en el caso de Mayra la huella es a propósito, sin temores, sin ambages.
Mayra es Eva volando sobre un tapiz mágico, avistando tristezas y alegrías, amores y desamores… descubriendo y alertando. Y en ese empeño su vida de mujer va por delante, porque sus temas parten de ella misma, incluso, cuando en las prácticas de apropiaciones se confabula hasta con el mismísimo Picasso.
Y cito a Mayra: “Me expreso con los recursos de la pintura y la técnica de la artesanía.” “La tela, el hilo y la aguja tienen una dulzura especial.” “A partir del parche tradicional me he propuesto incorporar nuevos contenidos y formas.” “Sin la poesía no podría vivir.”
La obra de Mayra merece estudio, valoraciones críticas. Cuánto estará aportando esta Eva del trópico al arte del tapiz que en las últimas décadas del siglo cobra cada vez más fuerza por los Estados Unidos y Europa?
Sirvan estas líneas para el catálogo de la exposición "Eva sobre el tapiz" que por razones de espacio no incluye otras obras de mayor envergadura dimensional.

Lic. Ángel Antonio Moreno
Palabras de catálogo para la expo Eva sobre Tapiz en la Galería Varadero

Obra.¨La sobrecama rosa¨. 1994. Aplicaciones y bordado. 250 x 150 cm